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WEB ACTUALIZADA EL 1 DE SEPTIEMBRE DE 2005

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He de reconocer que impone mucho el estar hoy  aquí con Vds., en presencia de la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, para hablarles precisamente del Nazareno, un nombre que lleva implícito el máximo respeto y la más ferviente devoción hacia la figura de Jesucristo, de Jesús con la cruz a cuestas que es como mundialmente se le conoce. Yo creía que este año en mi condición de escritor pasionario y cofrade marrajo, tenía cubierto mi cupo de actividades de Semana Santa con una conferencia sobre María Magdalena, La Llamada Literaria, la dirección y presentación del libro anual de “La Lanzada” y el pregoncillo al granadero “Mar­tín Álvarez”, de los granaderos marrajos.

Pero me equivoqué, ya que cuando Domingo Bastida, presidente de la agrupación titular de la Cofradía Marraja me pidió que hiciera este pregón no pude negarme por tres razones: porque somos amigos, porque somos colaboradores literarios y porque se trataba del Jesús, éste último un argumento de tanto peso que me obliga, y con mucho gusto, a estar aquí con ustedes.

Conforme pasan los años en la historia de los pregones al Jesús Nazareno, más difícil se hace el tratar este tema para no incurrir en repeticiones y no bajar el listón de la categoría de anteriores pregoneros que tan bien lo hicieron. El cometido no es fácil, pero hay que intentarlo.

Lo que voy a exponerles no es un pregón a la usanza tradicional, se trata mas bien de una disertación investigada en fuentes bíblicas y que se acomoda a lo que ha sido mi profesión de toda la vida: la palabra, en mis facetas de locutor de radio, periodista y escritor. La palabra hablada y escrita ha marcado toda mi existencia, y me ha dado grandes satisfacciones, lo cual no es poco en el mundo laboral y cultural religioso en que vivimos. 

Entramos en materia. Si yo preguntara a alguien qué significa el nombre Jesús Nazareno se me contestaría que Jesús de la ciudad de Nazaret, que fue donde vivió, en la provincia de Galilea, ya que Jesús fue también conocido como el Galileo, y la respuesta sería correcta. Pero la palabra Nazareno, antes de que Jesucristo naciera tenía siglos de exis­tencia en el pueblo judío, el pueblo de Abraham, Moises, David, Salomón y las doce tribus de Israel. 

Si recurrimos al latín, madre de nuestra lengua, encontraremos que la palabra “nazareno” es sinónimo de “nazareo” un vocablo que en los tiempos bíblicos se empleaba para designar a aquellas personas que habían sido santificadas según la ley mosaica con cualidades especiales. Tan es así que los representantes religiosos y políticos de Israel hicieron una ley especial para enaltecer y hacer santos por decreto a los personajes que habían nacido -según ellos- con unas virtudes innatas que les acompañarían toda su vida. Esta ley se llama Ley del Nazareato, la cual figura en el libro cuarto del Pentateuco y que ha llegado hasta nosotros con el nombre de “Momentos”. 

Según el texto bíblico Yavé habló a Moises diciendo:

“Habla a los hijos de Israel y diles: Si uno, hombre o mujer, hiciese voto de consagración, consagrándose a Yavé, se abstendrá de vino y de toda bebida embriagante, no comerá uvas ni frescas ni secas; durante todo el tiempo de su nazareato no comerá fruto alguno de la vid, desde la piel, hasta los granos de uva. Durante todo el tiempo de su voto de nazareo no pasará la navaja por su cabeza -atención a este dato- hasta que se cumpla el tiempo por el que se consagró a Yavé, será santo y dejará crecer libremente su cabellera. Durante todo el tiempo de su consagración a Yavé no se acercará a cadáver alguno; no se contaminará ni por su padre, ni por su madre, ni por su hermano o hermana si muriesen, porque lleva sobre su cabeza la consagración a su Dios”. El texto se refiere lógicamente a la cabellera del nazareo o nazareno y después de diversas consideraciones sobre sacrificios en el templo, acaba diciendo:

“Esta es la ley del nazareato, el día en que se cumpla el tiempo de su nazareato, se presentará a la entrada del tabernáculo de la reunión para hacer su ofrenda a Yavé.”

Esta consagración personal, singularísima, da al consagrado una especial entidad que le exige evitar todo contacto con cosa impura, aún el cadáver de los mismos padres, y la obligación de abstenerse de todo fruto de la vid o cualquier derivado.

El primer nazareo o nazareno de la historia del mundo es el célebre y conocido Sansón. Un ángel de Dios se aparece a la madre de Sansón, que era estéril y le dice: “Vas a concebir y parir un hijo. No bebas, pues, vino ni otro licor inebriante y no comas nada inmundo, porque el niño será Nazareo por Dios desde el vientre de su madre hasta el día de su muerte”.

Por este capítulo se ve que Sansón fue hijo de bendición, nacido de madre estéril y predestinado por Dios para luchar por la liberación de Israel del poder de los fi­listeos viviendo toda su vida en aquel estado de consagración legal que en la ley se llamaba nazareato, aunque luego su vida no fue un dechado de virtudes, como lo demuestran sus aventuras con la cortesana Dalila, pero al final cumplió su cometido al derribar las columnas del templo en presencia de los filisteos, un episodio muy conocido.

El nazareato era una santidad legal, uno de aquellos elementos que san Pablo llama “sin virtud” (Gálatas) y sin provecho para quienes lo practican (Hebreos). Por su parte, el profeta Amós, el primero de los profetas escritores, dice en un capítulo contra Israel: “Yo suscité profetas entre  vuestros hijos y nazareos de entre vuestros mancebos. ¿No es así hijos de Israel, y vosotros hicisteis beber vino a los nazareos y a los profetas los mandasteis, diciendo: No profeticeis.” 

El segundo nazareno del que hay constancia en la Biblia es san Juan Bautista y así lo atestigua el apóstol Lucas cuando escribe que el ángel Gabriel se apareció a Zacarías, padre del Bautista, diciéndole:

“No temas Zacarías porque tu plegaria ha sido es­cuchada, e Isabel, tu mujer (que era estéril) te dará a luz un hijo, al que pondrás por nombre Juan. Será para ti gozo y regocijo, y todos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande en la presencia del Señor. No beberá vino ni licores y desde el seno de su madre será lleno del Espíritu Santo, y a muchos de los hijos de Israel convertirá al Señor su Dios, y caminará delante del Señor en el espíritu y el poder para seducir los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a los sentimientos de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.” 

Hay que indicar que Zacarías era sacerdote en el templo y que la aparición del ángel tuvo lugar mientras hacía la obligación del incienso. Quiere esto decir que el Bautista fue nazareno de acuerdo con la ley de Moisés para estos casos, y aunque el ángel dice algunas palabras del rito oficial, al final indica para Juan el nuevo camino que debía seguir para convencer al pueblo de la llegada del Mesías.

¿Fue Jesucristo nazareno por ley? No, aunque pudo serlo por el hecho de la anunciación, pero Jesús pasaba por ser hijo natural de José, ya que el misterio de su concepción virginal estaba aún velado por el secreto. A Él no le preocupan los artículos de la Ley del Nazareato y lo demuestra en su vida pública con el primer milagro al convertir el agua en vino en la boda de Canaam y como argumento definitivo al instaurar la Eucaristía y que el vino se convirtiera en su propia sangre.

Jesucristo enseñaba en las sinagogas y en el templo y su fama, según S. Lucas, corrió por toda la región de Galilea siendo celebrada por todos. Enseñaba en el templo cada día, y cuando la expulsión de los vendedores sus palabras son: “Escrito está, y será mi casa, casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.”

Sólo la gente del pueblo llamaba a Jesús, el Nazareno. En Cafarnaúm, un sábado, Jesús enseñaba en la sinagoga cuando “un hombre poseído por un espíritu impuro comenzó a gritar diciendo:¿ Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno, has venido a perdernos? Te conozco; tú eres el Santo de Dios. Jesús le mandó: cállate y sal de él. El espíritu impuro, agitándole violentamente, dio un fuerte grito y salió de él.”

La palabra Nazareno vuelve a repetirla el evangelista S. Mateo, cuando narra la segunda negación de S. Pedro. Dice el apóstol: “Pero cuando salía (Pedro) hacia la puerta le vio otra sirvienta y dijo a los circundantes: éste estaba con Jesús el Nazareno. Y de nuevo negó con juramento: no conozco a ese hombre.”

San Marcos, que escribió su evangelio muchos años después de la muerte de Jesucristo, a quien no conoció, se hace eco de lo anterior cuando indica: “Estando Pedro, abajo, en el atrio, llegó una de las siervas del pontífice y viendo a Pedro a la lumbre, fijó en él sus ojos y le dijo: “Tú también estabas con el Nazareno, con Jesús. Él lo negó diciendo: no sé ni entiendo lo que tú dices. Salió fuera al vestíbulo y cantó el gallo.”

Hay que reconocer que el que hoy llamemos a Jesucristo, Nazareno, se debe exclusivamente a Poncio Pilato, el procurador romano, que condenó a muerte a Jesús, aún sabiendo que era inocente. Él certificó con su célebre letrero en la cruz, lo que el pueblo decía, que era un nazareno, aunque es posible que la tradición oral no hubiera traído hasta nosotros ese  apelativo.

Dice san Juan: “Escribió Pilato un título y lo puso en la cruz; estaba escrito: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Estaba escrito en hebreo, latín y griego.” Los príncipes de los sacerdotes protestaron enérgicamente del rótulo ya que certificaba oficialmente, al venir de la máxima autoridad el título de Rey de los Judíos, pero Pilato pronunció entonces su célebre frase: “Lo escrito, escrito está”.

El idioma ha traído hasta nosotros la palabra INRI que es el resultado de leer las iniciales “JESUS NAZARENUS REX IUDAEORUM”, rótulo latino de la Santa Cruz. Aquel rótulo fue puesto como nota de burla o de afrenta, y así se ha incorporado al idioma, INRI es una palabra de efecto negativo y peyorativo, aunque los católicos si alguna vez la usan deberían recordar su auténtico significado.

Jesucristo ha muerto y resucitado, pero sus apóstoles están desconcertados, principalmente porque no han entendido nada de sus enseñanzas. El poco entendimiento y su falta de instrucción era evidente, y lo dejó escrito S. Lucas: “Se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas del Hijo del hombre, que será entregado a los gentiles y escarnecido, insultado, escupido y después de haberlo azotado le quitarán la vida, y al tercer día resucitará. Pero ellos no entendían nada de esto, eran cosas ininteligibles para ellos, no entendían lo que les decía.”  Los propios evangelistas notan esa falta de inteligencia en los discípulos siempre que Jesús les habla de la Pasión. Lo cierto es que no entendieron nada hasta el momento de las apariciones y posteriormente con la venida sobre ellos del Espíritu Santo.

Cierto día dos de los discípulos se dirigen a Emaús hablando y razonando, cuando se les acerca Jesús y les dice: “¿Qué discursos son estos que vais haciendo entre vosotros mientras camináis? Ellos se detuvieron entristecidos (dice S. Lucas) y tomando la palabra Cleofás, le dijo: ¿eres tú el único forastero en Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días? Y Él les dijo: ¿cuales? a lo que contestaron: Lo de Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo, condenado a muerte y crucificado.”

Obsérvese que los apóstoles empiezan a utilizar frecuentemente la palabra Nazareno, como le ocurrió después a Pedro. Son los días en que Jesucristo ha ascendido a los cielos y el Espíritu Santo ha derramado su gracia sobre aquéllos hombres. Pedro y Juan subían a la hora de la oración, la hora nona, a la sinagoga ya que seguían asistiendo al templo, aunque lo principal de su vida religiosa estaba en la fracción del pan y en la doctrina apostólica. San Lucas reseña el episodio en su evangelio “Hechos de los apóstoles”, escrito en Roma y posiblemente recogido de labios del propio S. Pedro. Dice el texto evangélico que “había un hombre tullido desde el seno de su madre, que traían y ponían cada día a la puerta del templo. Este, viendo a Juan y Pedro que se disponían a entrar en el templo, extendió la mano pidiendo limosna, Pedro y Juan fijando en él los ojos, le dijeron: míranos. El los miró esperan­do recibir de ellos alguna cosa. Pero Pedro dijo: No tengo oro ni plata, lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, anda. Y tomándolo de la mano diestra, lo levantó, y al punto sus pies y sus talones se consolidaron; y de un brinco se puso en pie, y  comenzando a andar, entró con ellos al templo saltando y brincando y alabando a Dios.”

Este es el primer milagro de san Pedro y la primera vez que salió de su boca la invocación a Jesús Nazareno, palabra que repite cuando es interrogado por los motivos de !a curación del tullido, pues dijo: “Ya que somos interrogados sobre la curación de éste inválido y por quién ha sido curado, sea manifiesto entre vosotros y a todo el pueblo de Israel que en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado, a quien Dios resucitó de entre los muertos, por Él, éste se halla sano entre vosotros.”

Solo una vez Jesucristo se llama a sí mismo el Nazareno. El momento fue el de la conversión de san Pablo, y el evangelista Lucas, biógrafo de Pablo y su acompañante en múltiples viajes, pone en boca de Pablo lo siguiente: “Pero acaeció que, yendo mi camino cerca de Damasco, hacia el mediodía, de repente, me envolvió una gran luz del cielo. Caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo por qué me persigues. Yo respondí: ¿Quién eres Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: ¿qué he de hacer Señor? El Señor me dijo: Levántate y entra en Damasco, allí se te dirá lo que has de hacer.”

Resulta extraño que en las epístolas de S. Pablo escritas a partir del año 57, o sea 27 años después de la muerte de Cristo, no incluya en ninguna de ellas la frase “Jesús Nazareno”, cuando el Señor se le había identificado con este apelativo.

Da la sensación de que la palabra Nazareno, Pablo la repudiaba por las connotaciones que traía de la religión hebrea, que él combatía, así como a los tradicionales nazareos los cuales desaparecieron poco a poco, y definitivamente cuando en el año 70 los romanos destruyen el templo donde acostumbraban a hacer su consagración con un sacrificio.

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Vamos a dar ahora un breve, brevísimo repaso a la historia del Cristianismo sin olvidar en ningún momento al Nazareno que, en unión del Crucificado, son las figuras señeras en el transcurrir de los siglos, dentro de las múltiples advocaciones que la figura de Jesucristo ha tenido entre los católicos de todos los tiempos y que les han, profesado una fe y devoción infinitas por lo que representaban.

En el año 42 de nuestra Era los apóstoles tienen que iniciar su dispersión por el mundo debido a la cruenta persecución iniciada en Palestina por el rey Herodes Antipas. Es precisamente en esta persecución cuando el apóstol Santiago es decapitado en dicho año 42. Los apóstoles, plenos ya de facultades divinas llevan en sus alforjas toda la historia del incipiente Cristianismo, desde la Anunciación a la gloriosa Resurrección de Cristo que culmina su vida pública y da sentido real a una vida basada en la trascendencia, el amor y el perdón.

Los siglos de expansión del Cristianismo son tiempos que pusieron a prueba la fe de los Cristianos por la clandestinidad en que tenían que hacer sus ritos sagrados los que conservaban toda la esencia apostólica; por la incomprensión de las gentes y sobre todo por las periódicas persecuciones a que eran sometidos por los emperadores romanos lo que dio lugar a miles de mártires.

Pero al fin la luz se hizo cuando el emperador Cons­tantino el Grande, en el año 312, tras colocar en sus estandartes la cruz y el anagrama de Jesucristo vence a Majencio, se proclama emperador y con el consejo y el apoyo de su madre santa Elena ordena que el Cristianismo sea la religión oficial del Imperio Romano, según el edicto de Milán del año 313.

Las puertas han quedado abiertas completamente en este siglo IV que ve exteriorizarse no solo los ritos litúrgicos, sino que se experimenta un gran auge en la ornamentación, la pintura, mosaicos y esculturas que representaban todo tipo de escenas de la Pasión. Por ejemplo, la imagen de Jesús crucificado más antigua que se conoce, año 432, es la que figura en la puerta de la basílica de Santa Sabina, en el Aventino, en tiempos del Papa Celestino I. A partir de esa fecha los artistas han representado a Jesús con la cruz a cuestas en los más diversos materiales y estilos hasta nuestros días.

Como datos de ese importante siglo podemos indicar que el 336 se establece la fecha de la Navidad  y se potencia la Semana Santa, especialmente Jueves y Viernes Santos -tan importantes tiempo ha en la historia Marraja- y se hace a efectos litúrgicos y con ayunos en Cuaresma, siendo muy rigurosos en Semana Santa.

Otro tema importantísimo ocurrido en el 432 es que en el concilio de Éfeso, la Virgen María recibe la legitimación oficial a su título de “Madre de Dios”.

Es en ese tiempo cuando empieza a utilizarse el canto litúrgico en la Iglesia, consistente en salmos o himnos especiales durante las celebraciones. Nuestro san Isidoro lo dejó escrito:”La música y el canto; sin ella no hay nada perfecto, y hasta puede decirse que nada existe sin ella, puesto que el mundo está compuesto de cierta armonía de sonidos, y que el cielo mismo se mueve bajo el influjo de una modulación armónica. Es más: nuestra habla, nuestro pulso, nuestras palpitaciones van siempre acompañadas de cierto ritmo melodioso y musical.”

Y entre estos cantos litúrgicos, reconocidos explícitamente por el Papa san Gregorio Magno, a quien se le considera el creador del Canto Gregoriano, figura el célebre Miserere. Del Miserere se ha escrito que “es el canto solemne que se hace en Cuaresma a alguna imagen de Cristo, por cantarse en ella, el salmo 50, en versión de la Vulgata y que empieza por esa palabra.” El Miserere es un canto penitencial basado en la Salmodia del rey David que arrepentido de sus pecados dedica sus versos al Señor en prueba de sumisión; el texto figura en el Libro Segundo de los Salmos. Aunque el Miserere se ofrece a cualquier imagen de Cristo hay que reconocer que el Jesús Nazareno lo tiene casi en exclusiva, ya que este Cristo con la Cruz a cuestas es representativo, especialmente, de la penitencia.

El Miserere es para la Cofradía Marraja y sus cofrades su mayor estandarte; bajo él se acogen en auténtica hermandad ese viernes preciso de la Cuaresma, para juntos ofrecer su testimonio a una historia, una tradición y unas creencias que nunca se han desvanecido pese a las vicisitudes y avatares contrarias a esta costumbre que tan arraigada está, desde hace siglos en el alma marraja.

Creo que sin el Miserere a su santo titular, Jesús Nazareno, serían impensables las conmemoraciones de nuestra cofradía y con la plena satisfacción de que a el, al Miserere, se unen con el espíritu abierto los hermanos de las otras cofradías pasionarias de Cartagena como expresión de respeto y amor, a este Cristo con la cruz a cuestas que nos preside esta noche.

Pero hablamos de penitencia. Este sacramen­to, cuando aún no había sido definido oficialmente tuvo su apogeo en el siglo IV con la llamada penitencia pública que hacían los fieles, de gran rigor, aunque es a mediados del siglo XIV cuando va cesando poco a poco y se introduce gradualmente la penitencia privada. Jesús Nazareno con la cruz a cuestas es la expresión, no solo del dolor, sino de la carga de los pecados de la Humanidad que llevó sobre sus hombros, y así quedó escrito. Es el signo pleno penitencial, no es de extrañar por tanto que desde hace siglos a los integrantes de una procesión religiosa, a los penitentes, se les dé el calificativo de nazarenos.

Fruto de este sentido penitencial es el Vía Crucis, la calle que llevó a Jesús hasta la Cruz, conocida corno calle de la Amargura o Vía Dolorosa. El vía crucis era hasta el siglo XIII el camino que recorrían realmente los cristianos en sus peregrinaciones a Tierra Santa, y que se introdujo como devoción en el siglo XV, procurando reducir las estaciones de la vía del Calvario. El número de estaciones varió mucho, de modo que hasta el siglo XVII no se fijaron las 14 que hoy conoce­mos. En alguna parte llegó a haber hasta 34 estaciones. Aunque en el vía crucis hay estaciones resolutivas corno las de Jesús crucificado, es indudable que el protagonismo principal lo tiene el Nazareno, ya que es su recorrido personal hasta el Gólgota. Si visitan Vds. Jerusalén y recorren la moderna calle de la Amargura observaran que encima del rótulo “Vía Dolorosa” hay un relieve que representa la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno con la cruz a cuestas.

En la liturgia cristiana no aparece la cruz con Cristo en ella hasta el siglo X y más regularmente en los siglos XIII y XIV, cuando se prescribió que en los altares ma­yores era imprescindible la presencia de Cristo crucificado bien visible. Esta orden trajo como consecuencia que prolife­raran también las imágenes de Jesús Nazareno, como segundas en el orden, no jerárquico, sino de devoción popular, al margen de otras advocaciones jesuísticas que los siglos han ido imponiendo.

Estamos hablando de un Nazareno genérico, eclesiástico, universal, pero nosotros tenemos nuestro Nazareno parti­cular, el que está aquí en imagen con nosotros, como máximo exponente de la Cofradía Marraja.

Este Cristo y lo que representa podía haber llegado a nosotros por distintos caminos, pero la historia lo trajo por los senderos del trabajo y Vds. lo saben, el gremio o hermandad de la pesquera, germen primero de la cofradía. Es una historia conocida, pero piensen que las palabras “cofradía” y “hermandad” tan usadas en Semana Santa tienen más de mil años de existencia; el nombre se debe a las asociaciones laborales y artesanas creadas en el siglo XI por el rey Fernando I de Castilla, el mismo rey que en el año l063 se llevó el cuerpo de san Isidoro, desde Sevilla a León, donde aún está, en la ca­tedral llamada desde siempre de San Isidoro.

Estos gremios artesanales, con el paso de los siglos mantendrían su nombre pese a los muchos cambios que en ellos se operaron desde Fernando III el Santo, Carlos I o Felipe II. Su misión además del trabajo era la labor social y religiosa, estando unidos a congregaciones religiosas que, en el caso de Cartagena lo fue a la de la Virgen del Rosario, con misiones piadosas y de caridad, entre ellas sacar la procesión con el Nazareno el Viernes Santo .Como se sabe, de ahí nació la cofradía Marraja. Pero en honor a la Cofradía de Pescadores de Cartagena hay que decir que cuando en 1865, en plena etapa laica, se prohíben las denominaciones de hermandad y cofradía, la de Cartagena no acata la orden y siguió hasta nuestros días llamándose Cofradía de Pescadores.

Dije al principio de mi disertación que me imponía mucho respeto el estar aquí hablando en presencia del Nazareno, y ahora que voy a terminar diré que aún me impone más respeto en la despedida, y aunque Vds. me vean sereno la procesión va por dentro.

Porque hablar de Jesús Nazareno sin sentir una gran emoción interna, para mí es impensable. De entre todas las advocaciones de Cristos de nuestra Semana Santa, la de Jesús Nazareno es la que concita una máxima aceptación y devoción y se manifiesta públicamente en la histórica procesión, del Encuentro, donde asisten las personas que de verdad quieren vivir ese gran momento.

Inclinémonos reverentes ante Jesús Nazareno, dirijámosle nuestra plegaria silenciosa, imploremos su ayuda en todos los actos de nuestra vida y no olvidemos que Él nos espera siempre, a media luz, en su capilla, hasta el día en que el amor de los marrajos lo saca a la calle para mostrar a todos que la historia, la devoción, el sacrificio y el amor tienen un nombre: NUESTRO PADRE JESUS NAZARENO

© AGRUPACIÓN DE NTRO. PADRE JESÚS NAZARENO - Calle Jara nº 25, CP. 30205 CARTAGENA - correo@elnazarenodecartagena.com