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He llegado aquí, ante vosotros y ante la dulce y bendita luz que trasciende desde la bella imagen de Jesús Nazareno, para desarrollar una ilusionada, emocionada y vibrante misión: Pregonar y exaltar, el más verdadero ejemplo del AMOR, del amor con mayúsculas, intenso y profundo que es Jesús Nazareno... He llegado aquí, interrogando una vez y otra a mi corazón cristiano y marrajo, para llegar a encontrar una comprensible razón, un motivo, que me haya hecho ser digna, del infinito honor que supone, recibir la más hermosa distinción que puede ser entregada a un corazón marrajo: Pregonar la perfección del Dios Padre, Maestro, Hermano y Amigo, pregonar la perfección de Jesús Nazareno... Máxime, cuando los pregones anteriores, fueron pronunciados por dos personas, a las que amen de apreciar y admirar profundamente, considero modelo de cristianismo y ejemplo a seguir de muchos marrajos, y que sin duda, pusieron muy alto el listón a sucesivos pregoneros, como yo, consciente de que mi pluma sencilla, no podrá en ningún momento, superar sus cálidas palabras.... Quizás, mi presencia ante vosotros, la haya propiciado mi condición poeta, quizás, el que mi amor por nuestra Semana Santa, por la Stma. Virgen María y por Jesús Nazareno, sean el elixir mágico que impulsa incesantemente el motor de mi vida, pero de lo que no tengo dudas es de que el hecho de encontrarme aquí y ahora, también está propiciado por el cariño fraternal y reciproco, de la persona que dirige con infinito amor la Agrupación de Jesús Nazareno, me refiero al entrañable hermano, amigo y presidente DOMINGO ANDRES BASTIDA MARTINEZ... persona de la que creo, que desarrolla su procesionismo motivado por una luz invisible, pero palpable, que descendiendo del cielo, alumbra su corazón marrajo y el de su familia; tal vez, porque desde el cielo mismo, asomando desde el balcón de los sueños eternos, le alumbran las miradas de quienes le fueron transmitiendo ilusiones y acentos procesioniles, de quién le llevó de la mano a su primer “Encuentro” en la Madrugada Marraja... Gracias Domingo, y gracias a esta entrañable y querida Agrupación, que se vuelve desvelos, que se entrega hasta el alma, hasta el delirio, para escribir el nombre Divino y Eterno de Jesús Nazareno, en cada retazo de la tierra nuestra... Gracias, porque designándome como “Pregonera del Nazareno”, habéis puesto en mi corazón, junto a la gran responsabilidad que ello representa, el sincero latir de una emoción inmensa e incomparable. Y aquí llego, con mi sencilla alforja de versos y palabras, con toda humildad, pero llamándome a mi misma afortunada por nacer en esta tierra, por nacer en un hogar sincero, donde Dios siempre es Amor; por tener unos padres, que amen de transmitir a mis hermanos y a mí la fuerza del cariño, pusieron en nuestros labios y en nuestros corazones, estos nombres antes que ningún otro, Madre de la Caridad, de la Piedad, Nazareno y Marrajo... Por ello, permitidme, hermanos marrajos, que mis palabras surjan emocionadas, ante la mirada del Nazareno; que este corazón mío, humilde pero sincero, conmovido ante la presencia del Hijo de Dios, desenvuelva sus ecos poetas, nostálgicos y emocionales, su aroma cristiano y su acento procesionista, para exaltar la primacía de Dios-Hombre, para volar por un momento, hacia el refugio de sus manos cogidas al madero, para acercarme a la cruz que reposa en su hombro, y poner una dulce plegaria de amor sobre ella... Permitidme, que por unos minutos al calor del altar, íntimamente, ponga sobre mis labios palabras surgidas del acento del alma, palabras de amor a Jesús Nazareno, y para ello, permitidme pues dirigir mi voz al amparo infinito de sus ojos eternos, al profundo y sublime refugio de su paz y su presencia, para hablarle así… Jesús Nazareno, Padre, Capitán sobre el barco de la vida cristiana... Jesús Nazareno, vela y timón, viento favorable, guía y luz de esta cofradía cartagenera, que amparada en tu Excelsa Divinidad, nació para bendecir tu nombre, y a través de los siglos, proclamar tu amor, año tras año, por las calles encendidas de Cartagena.... Jesús Nazareno, Amigo, caminante incansable a nuestro lado, en nuestras vidas, en nuestras inquietudes; cargando también sobre tus hombros, la cruz diaria de nuestros llantos y tristezas, de nuestro día a día... Nazareno... Hoy llego ante ti, al calor del altar, en esta bendita Iglesia que derrama esencias marrajas, intentando encontrar mis mejores palabras; procurando esbozar la expresión ideal, la narrativa hermosa, el verso medido y el verbo más completo que pueda haber desarrollado en mi vida... Pero a tu lado, Señor, tan cerca tuya, mis labios no pueden despegarse para hablar con la fuerza de la mente, sino con el acelerado latido del corazón, y por ello, mi palabra sencilla, pretende buscarte con el alma en los labios, inspirarse en tu nombre con sabor a romero santo, santo romero; buscar el itinerario más sincero, por el que llegar a tu encuentro en esta noche, donde mi pecho renace en emociones y recuerdos... Emociones, Señor, que llegaron a mi desde el primer momento en que -no recuerdo a que edad-, en una madrugada de Marzo, fría y cubiertas de espesas nubes, realmente descubrí tu mirada sostenida, tus ojos amables, dispuestos a entregar su luz sobre el corazón de todos los hombres... Mirada de tristeza, de condescendencia; mirada de perdón, de acercamiento, de humanidad y sobre todo, de amor, de un amor trascendental, inmenso, único, capaz de abrazarse a la Cruz, de seguir un camino de espinas y piedras, de amargas tristezas... Un amor, infinito, dispuesto a cargar en su espalda la traición, el dolor, el desprecio... Capaz de entregarse a la muerte y una muerte de Cruz... Emociones, Jesús, que me hicieron seguir tu camino, que envolvieron mi alma, -constante espectadora-, sobre el cauce de capas de raso, de caminar penitente, de aromas salobres, de incienso y romero... Emociones, capaces de poner en mis ojos la tibieza de las lágrimas, al escuchar los compases de una marcha procesional, -la tuya-, entre el balanceo de los sentimientos, cada vez más palpables y dulces, al reflejar tu paso en la infinita mirada de tu Madre y la nuestra... Emociones del Encuentro, que pusieron en mis labios el calor de unos versos, secretos, de una plegaria tierna, cubierta con la inocencia infantil de mis años de entonces...
Porque nací en Cartagena, y porque adoro el encuentro, siendo yo de La Piedad desde mis años primeros, también quiero ser, por ti, hermana del Nazareno...
Emociones, cargadas de un amor tan inmenso, que me contagiaron ese “no se qué” , interno y diferente, que tenemos los “marrajos”; ese apasionado y apasionante fervor, que enciende una luz singular en los sentimientos, y encamina nuestros pasos, año a año, para esperarte, impacientes, en la puerta de la Pescadería; para aguardar tu mirada encendida, alumbrada a media luz, por el tímido resplandor de la cera, y aromada por miles de rosas que son mensajeras de tu aroma a las almas... Perfume cercano de sal y de brea; de espuma del mar, elevada en caricia para el barco pesquero... Perfume, renaciente de nuevo en acentos marinos, mediterráneos, que se envuelven también en la red esparcida a la orilla, sencilla, como aquellas, que se abrieron en manos pescadoras, –pioneras marrajas-, sobre el mar y la esperanza... Manos curtidas, que engarzaron el “primer eslabón”, la “primera piedra cofrade”, el primer paso penitente en las singladuras procesionistas cartageneras... Y los recuerdos, llegan a mis sentimientos, cogidos de la mano de muchas vivencias, vivencias, que me fueron acercando cada día, un poco más al calor de tu mirada... Recuerdos procesionistas, que llegaron a mi corazón transmitidos por la dulzura infinita de los ojos de la Madre Dolorosa, por la bendita expresión de tu rostro, como Padre de Medinaceli, por la belleza, pura y radiante de San Juan Evangelista, por tu rostro reflejado en aquel bendito paño, en manos la Santa Mujer Verónica, por tu Primera Caída, por la Imposición de la Cruz... Todos esos recuerdos, hoy se agolpan en mi memoria y en mi corazón; traspasan la frontera del pensamiento y me acercan al calor imperecedero, que divulga la Madrugada de Viernes Santo, cuando el cielo se enciende sobrecogido en tus manos y en las manos de tu Madre, cuando se alumbran los corazones, y la ternura de vuestro último abrazo se hace clamor, alborada de aplausos, de una tierra envuelta en emoción y lágrimas de entrega... Recuerdos procesionistas, como aquellos de quienes me enseñaron a completar mis enseñanzas procesioniles.... De quienes forjaron y crearon nuevas sendas en la auténtica Semana Santa de Cartagena... Tú, sabes quienes son, Nazareno, porque están a tu lado, porque fueron guiados por la luz de tu paz y de tu eternidad, porque dejaron, un espacio vacío en los bancos de tu Triduo, dejaron un hachote sin dueño en el Miserere, y un ¡Bendito Nazareno! sin pronunciar, en el Cabildo de las Yemas, y un paso sin marcar en la más hermosa madrugada, y en la más bendita noche de Cartagena...
A los que fueron contigo, a presenciar otro Encuentro.... A los que volaron, Padre, a los eternos senderos... Los que llevaron tu paso, los que vistieron tus tercios...
Aquellos que, emocionados, daban a tu nombre acento...
A quienes, Señor, Jesús, ¡Dulce Padre Nazareno! en esta noche marraja están contigo en el cielo...
Llévales nuestra añoranza, nuestra emoción, nuestro aliento; llévales todo el aroma que trasmite el sentimiento...
Y, Jesús, de parte nuestra, con un mensaje sincero, desde el corazón marrajo llévales nuestro recuerdo....
Nazareno, perdona la osadía de esta pregonera, al pedirte ese favor, pero como les tienes tan cerca, y es tanto tu amor y tu bondad, sinceramente he pensado, que no te importaría transmitir este mensaje... Mensaje de amor, como el que es capaz de transmitir un marrajo, balanceando su capa a los vientos, a veces inoportunos, de esta Cartagena nuestra... Mensaje de amor alumbrador de caminos, en la gran Madrugada... Dulce amor del Encuentro, que se vuelve volar de palomas, redobles de tambores, tintineo de cartelas y hachotes, alborada de luces, que despiertan y enternecen los ojos de Cartagena... Mensaje de amor cristiano, descendido desde el esfuerzo y el sudor de tu portapaso; el mismo, que se trasmite en el brillar de unos ojos cansados, penitentes, que a través del capuz, suscribe su acento sobre los vuelos dorados del morado estandarte o sudario, y que pinta colores de rosas y acordes mágicos, sobre el sensitivo corazón del cartagenero... Mensaje de amor cristiano, hacia aquella madre, que bajando la mirada a tu paso, derrama sinceras lágrimas para ofrecerte su plegaria, y pedirte porque enciendas nuevos caminos en la vida o en la salud del hijo, porque alumbres los senderos del esposo... En la mirada del niño, que por primera vez viste de nazareno marrajo; en su sonrisa infantil y tierna; en sus pequeñas manos, que cubiertas con diminutos guantes, blancos o negros, -según el día de desfile-, introduce una y otra vez en su bolsa morada, para entregar la dulzura de un caramelo... Mensaje de amor cristiano... En la esperanza del enfermo, que no puede verte, porque sus fuerzas no se lo permiten, pero al que siempre acompañas en el corazón y en la memoria, trasmitiéndole los ecos divinos de tu esperanza... En la mirada de la anciana, que desde un humilde balcón en la calle del Duque, en un Hogar, bendecido por tu amor y llamado Betania, contempla emocionada tu paso soberano, ante sus ojos cansados, pero rebosantes de esperanzas y llenos de ti... Mensaje de amor cristiano... En la nueva generación Marraja, en los jóvenes, que saben recoger y entregar, que saben entregarse como nadie, con toda la fuerza de sus corazones, a cada una de las iniciativas procesionistas, pero sobre todo, a cada una de las iniciativas humanas y cristianas que proyecta tu Cofradía... En las manos artesanas, bordadoras, de la mujer marraja, que desde un taller donde se palpa tu amor, dedica horas, puntos y puntos de trabajo, para bordar nuevas esperanzas hacia la Casa Hogar Betania... Y estos mensajes, son evocados por tu divinidad, Señor, por la fuerza que creas y trasmites a los corazones marrajos... Por esa mirada tuya, evocadora de plegarias, de rezos musitados muy quedo, desde el silencio intimo del alma...
Bendice, Señor, Jesús, al corazón que te ama.... Bendice a los que se entregan, entregando una esperanza, a los que tienden sus manos con tu nombre y tu palabra...
Bendice, Señor, Jesús, la luz de tu madrugada, el hermoso balanceo del sudario y de las capas...
Bendice, el humilde hogar que tu amor hizo morada; hogar del hogar cristiano, hogar del cuerpo y del alma para quién no tenía pan, para quién no tenía casa....
Bendice, el sudor, la fuerza, el corazón, la palabra, del que llamado en tu amor bajo el trono de tu gracia, se mira sólo en tus ojos el Viernes de Madrugada....
Bendice, Jesús, el rezo de la madre que te llama; bendice su devoción, sus lágrimas, su plegaria, la humildad con que te reza, el fervor con que te aguarda...
Bendice, cada compás de las veredas Marrajas; el ritmo de los hachotes, la flor, la luz y la llama, la inocencia de los niños, la juventud, la esperanza.... Bendice, el gesto de amor de las manos artesanas, cada vez que, por tu nombre, con los primores del alma, hacen primores de amor y bordados de oro y plata...
Que en tu gracia, sean benditas todas las obras marrajas...
Pero que no quede aquí, que se extienda y que se abra, que busque nuevos confines para derramar tu gracia...
Porque entonces, Nazareno, bajo tu eterna mirada, al compás de tus desfiles, y al compás de tu palabra, habremos hecho más grandes, más radiantes, más cristianas, las sendas procesionales de nuestra Semana Santa.
Sí, Jesús Nazareno, ayúdanos a ayudar... Enséñanos a no competir por inteligencia, por sabiduría, por poder, por afanes lejanos a tu luz y a tu esencia... Enséñanos a competir por la fe, por el amor, pero a competir con nosotros mismos, en nuestro interior... Enséñanos a mirarte en los ojos del niño abandonado, del anciano, del enfermo, del marginado, del maltratado... Enséñanos a competir con nosotros mismos, para crearnos y crear el color de la paz infinita, del afecto sincero, la viva hermandad de la conciencia cristiana... Que empecemos a vivir por y para tu amor, para ello fuimos concebidos, para ello nacimos, y para ello vivimos, o deberíamos vivir los cristianos.... Jesús, Nazareno... Dicen los primeros versos de un bellísimo soneto, realizado en el siglo de oro de la poesía española, de compositor anónimo, pero atribuido a Santa Teresa de Jesús, por su misticismo y su entrega a ti: No me mueve, mis Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido... Si seguimos pasando nuestros ojos sobre estos versos, podemos continuar leyendo: Muéveme al fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera... Nazareno, se bien que el trasfondo de este soneto, es la autentica verdad que debe sentir el cristiano, por ello, y tomando prestado el calor que reflejan estos versos, déjame que te pida, que no nos mueva, Señor, para quererte, el cielo que nos tienes prometido, que nos mueva tu luz, tu paz, tu justicia... Que nos mueva, verte cargando a nuestro lado, la cruz de cada día, cruces de enfermedad, de llantos, de dolor, y también cruces de injusticia, de intolerancia, de incomprensión... Que nos mueva, cambiar, o cuanto menos, intentar cambiar esas cruces, por los tiernos aromas de tu providencia.... Que nos mueva, tomar de ti, tu Cuerpo y Sangre de Salvación en la Eucaristía, que nos mueva, sabernos, llamarnos y reconocernos, desde lo más profundo de nuestro ser, HIJOS DEL NAZARENO... Que no nos tengas que dar NADA, a cambio de nuestra fe... Que te queramos lo mismo, alegres o tristes, con el dolor o con el gozo... Que tu mirada sea el único espejo donde miremos la bondad, el sufrimiento, la entrega y la esperanza... Si, Nazareno, tu sabes que nuestros corazones son capaces de quererte mucho, tanto, como para reconocer que a veces, embriagados por lo ufano de la vida, momentáneamente, llegamos a apartar nuestros caminos del tuyo... Por eso, también te pido, que nos hagas grandes, pero humildes de corazón , para quererte hoy y siempre, para quererte sobre el hermoso trono, sobre la mesa del altar, sobre el latido incesante del corazón... Para quererte siempre, para seguirte siempre, para amarte siempre... No hay amor como el tuyo, Jesús Nazareno... Amor de Viernes Santo, que perdura incesantemente en el corazón marrajo... Amor como el derramado por tu Santo Expolio, por tu Agonía, por la Lanzada en tu pecho; el mismo que se funde en el estremecimiento de Juan, de Magdalena y de María, recogiendo tu cuerpo descendido de la Cruz... El divino amor, dulce, sereno, lleno de ternura, que envuelve a nuestra Madre de la Piedad, a los pies de la Cruz, recogiendo en silencio tu cuerpo deshojado, y sintiendo en el pecho el dolor de seis espadas... Amor, que como ungüento de santificación derrama la triste mirada de Nicodemo, o la de José de Arimatea en el Santo Entierro... Ese amor que reposa contigo, Yacente, dormido con tu vida, sobre el lecho de la muerte... El que se prende en los ojos de Magdalena y el Discípulo amado; y por fin, el más dulce, el que ya no tiene llanto, el que apaga las luces del mundo para encenderse en el dolor de la Madre, de nuestra Madre... “ Bendita Soledad la de María, sobre la amarga luz del Viernes Santo”... Nazareno, sabes bien, que en esta noche de emociones, mi corazón no sería el mismo sin hablar de tu Madre, sin hablar de nuestra Madre María... María de la Soledad, Coronada, Reina del cielo, Madre de la Divina Gracia... María, blanca rosa sin espinas... Cáliz inmaculado de azucena... María, Llena de Gracia y llena, rebosante, del fervor de todos los Marrajos...
Dulce, María, Señora del amor de los Marrajos... A tu lado, entre suspiros, con tu aroma entre los labios, vuelven a volar palomas sobre tu trono dorado, para dejar su ternura dulcemente, entre tus manos...
Y a tus ojos, quieren ser lumbreras para tu llanto; quieren hacerse, María, pañuelo de seda blanco, donde tu llanto de Madre busque la fe del cristiano, para encontrarle sentido a Jesús crucificado...
Madre de la Soledad, Alondra del Viernes Santo, Madre de Todos los hombres, Señora de los Marrajos...
Cuando redoble el tambor y vuelva a brotar tu llanto, haznos ser como palomas sobre tu trono dorado, para poner, dulcemente, el corazón en tus manos.
Sabes, Nazareno, que en las manos de María, te enviamos nuestras súplicas constantemente... Sabes, que en ellas buscamos el consuelo diario para seguir nuestro camino, sabes, que en ellas depositamos nuestras esperanzas para que lleguen a ti, envueltas en la calidez de su amor... Ella, es el mejor refugio que pudiste dejarnos como herencia a los cristianos... Por eso, es que los marrajos, los cartageneros, no acogemos a la dulzura de María... Por eso es que, a tu lado, no pueden haber otros ojos, ni otro llanto, ni otros labios, ni otra expresión de amor más pura, como la que puede transmitirte en nuestro nombre, María, Abogada nuestra, capaz de convertir nuestra desesperanza en ilusión, nuestro rencor en perdón, nuestro egoísmo en mano tendida, y nuestras plegarias, en palabras de Amor.... Jesús Nazareno, tengo que darte las gracias por muchas cosas, pero especialmente, por tu Madre... Que no puede haber corazón como el suyo, ni mirada tan dulce, ni expresión tan sincera... Que no puede haber Nazareno, otra forma de amar a sus hijos, ni otra forma de amar a una Madre... Nazareno... Sol sobre el sol de nuestros amaneceres... Lucero fulgurante en nuestras noches y en nuestras madrugadas... Creo, Nazareno, que si yo no fuera marraja, sería porque no habría nacido; no puede haber más explicación, por que no puede haber otra cofradía, a la que este corazón ame tanto.... Y ese sentimiento se lo debo al transmitido por mis padres, por el compartido con mis hermanos, pero sobre todo, te lo debo a ti, Nazareno... A ti, en ese primer “Encuentro” ante mis ojos niños, ante esa primera procesión del Santo Entierro, que aún recuerda mi memoria, asomada, muy niña, por el balcón de mi casa.... Nazareno, déjame que por ello, en esta noche, te de las gracias...
Gracias por darme tu luz, por encender mi existencia...
Gracias por hacerte vida, en mi fe y en mi conciencia, por iluminar mis ojos, por encaminar mi senda...
Gracias, por haberte escrito en mis versos de poeta....
Por ser maestro en mi infancia, amigo en mi adolescencia...
Gracias por ser, caminante, siempre al lado de mis penas; por compartir mi alegría, por consolar mis tristezas....
Gracias, Jesús Nazareno, por sentarte a nuestra mesa, por poner sobre mis manos hachotes de penitencia...
Gracias, por haberme dado el latir de una promesa, el acento de una salve, y un corazón que te sueña....
Gracias, porque con tu amor, yo no quiero otra existencia, ni otro color en mi alforja, ni otra esencia nazarena, ni otro verso, ni otra casa, ni otra vida, ni otra mesa....
Gracias, porque aquí, contigo he podido darme cuenta, que no necesito más para tenerte tan cerca...
Sólo necesito ser lo que tú quieras que sea, pero siempre al lado tuyo, por las marrajas veredas...
Siempre, Jesús Nazareno, con una esperanza nueva, con un corazón marrajo, y una tierra... Cartagena.
Nazareno, Bendito Nazareno, si Tú me lo permites, quisiera, esta noche, que al vaciar los sentimientos de mi corazón, te ida porque bendigas a esta Agrupación y a esta Cofradía, que envueltas en tu nombre nacieron por tu amor; bendice, a los que nos llamamos y nos sentimos, en el fondo y en la forma, desde lo más profundo del corazón “HIJOS DEL NAZARENO”... Que este año y todos los años, tus desfiles, tus salidas procesionales, sean, si cabe, más hermosas que nunca, que irradien hermosura, luz, flor, penitencia y sobre todo AMOR MARRAJO... Que los corazones que seguimos tus pasos, seamos capaces de entregarnos hasta lo infinito, con las manos tendidas, hacia aquel que necesita nuestra ayuda.... Que nunca nos olvidemos del acento de Dios, de tu acento, ni de la hermosa mirada de tu Madre y la nuestra.... Jesús Nazareno, como última súplica en este pregón, te pido, que nos hagas ser procesionistas auténticos; que el escudo, que brilla en nuestro pecho, la Cruz latina junto a las iniciales JN, Jesús Nazareno, sean el distintivo de un auténtico cristiano... Que sea el escudo, la bandera, y el único emblema, que muestre al mundo, como puede llegar a ser de hermoso, el gran corazón de los Marrajos...
Estás escrito, Señor, Dulce Jesús Nazareno...
Estás escrito en mi tierra, sobre su amor y su rezo... En el color penitente, en la noche del encuentro...
Estás escrito, invisible, sobre capas de recuerdo, sobre túnicas, guardadas, porque ya no tienen dueño...
Estás escrito en la paz del niño que está naciendo...
En el manto, que María, teje de colores negros...
Sobre el barco pescador, en la belleza del puerto, en los balcones antiguos, en los balcones modernos...
Sobre la piel y el latido del pecho cartagenero...
En la conciencia del hombre, en el sabor de su acento; en la tímida sonrisa de ese niño, nazareno, que por entregar dulzuras nos ofrece un caramelo...
Estás en el portapaso, en sus fuerzas , en su aliento...
Estás en cada mujer, que por ti, viste de negro, y musita de un rosario las cuentas y los misterios...
Estás escrito en la brisa; en la fe del granadero, en el soldado romano, en el canto , en el silencio...
Estás pintado en la estrella, en el murmullo del viento, en el arrullo del mar, en los dulces sentimientos que brotan como caricias bajo el peso del madero...
Está, escrito, Jesús en las rimas, en los versos y en el pregón, que esta noche ha caminado a tu encuentro, y en nombre de tus cofrades viene a decirte... Te quiero.
Gracias, Nazareno, por haber atendido las sencillas palabras de esta pregonera... Gracias, Nazareno, por crear , por ser y por estar siempre en mi vida, en nuestras vidas.... que siempre sea así, Nazareno...
Que si al nacer, fuiste vidasobre mi aliento primero; si eres vida entre mis días, y eres vida entre mi tiempo; cuando te vaya a buscar, cuando se apaguen mis versos, que un nombre selle mis labios con un acento postrero, y que ese nombre, sea el tuyo, ¡Dulce Jesús Nazareno!
Que así, sea. Muchas Gracias. |
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