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Pero la perplejidad duró
sólo unos segundos porque enseguida comprendí que significaba todo un
privilegio y al mismo tiempo un reto al que me agradaba hacerle frente.
Desde aquella ocasión no
volvió a hablarme del tema y después de la gran intervención de nuestro
capellán el año pasado, pensé que se le habría olvidado su ofrecimiento
o que habría pensado en alguien con más experiencia, porque igualar o
superar el anterior, sería una labor casi imposible.
A finales del pasado año,
y cuando ya confiaba en liberarme del compromiso, me lo volvió a decir,
con lo que ví que ya no había posibilidad alguna de vuelta atrás y al
mismo tiempo sentí esas sensaciones de privilegio y reto a las que me he
referido anteriormente.
Descarto de antemano no ya
superar sino ni siquiera igualar a nuestro capellán: su experiencia en
hablar de Jesús Nazareno, el conocimiento que de su doctrina tiene y su
cercanía a EL, hacen inviable cualquier intento en ese sentido. Por
ello, éste será un pregón distinto, una forma de manifestar cómo ha sido
mi experiencia, cómo veo a nuestro Titular, cómo veo a nuestra Cofradía.
Se trata, por tanto, de una expresión de emociones, de sentimientos, y
por qué no de ilusiones, en ese caminar con Nuestro Padre Jesús Nazareno
a partir del próximo lunes que comienza la Semana Marraja.
Gracias agrupación,
gracias presidente por permitirme este privilegio. No me ha resultado
fácil su preparación, pero en este momento me alegro de que me lo
propusierais y de que fuera capaz de aceptarlo.
En Cartagena es habitual
decir que somos cofrades por tradición, una tradición que se transmite
por la familia y que en la mayoría de los casos todos pertenecen a la
misma Cofradía. Hay excepciones, como no podía ser de otra manera, en
donde el padre es de una y la madre de otra. Este fue mi caso: mi padre
era marrajo y mi madre california.
Desde niño asistía a los
debates que tenían mis padres sobre cuál era la mejor. Mi madre defendía
incuestionablemente la California, por su vistosidad y mi padre la
Marraja por su marcialidad y austeridad. Y estos debates se producían
muchas veces viendo las procesiones en la calle Santa Florentina, en
aquellos tiempos del cable para la luz eléctrica y la mayoría de los
tronos a hombros.
No se puede decir que
naciera marrajo, como le ocurre a tantos otros, sino que tuve la
oportunidad de elegir, algo que no tardé mucho en hacer y además estoy
convencido que elegí bien: rápidamente comprendí, comprobé y me convencí
que mi padre tenía razón.
Pero no sería justo si no
resaltara aquí que aunque mi madre nunca renunció a su condición de
california, la Cofradía de sus amores, por la que trabajó y luchó, fue
por la Marraja en la Agrupación del Santo Entierro. Ya me gustaría que
muchos marrajos hiciéramos por nuestra Cofradía lo que hizo esta
california, poniendo su esfuerzo, su ilusión, su entusiasmo y su cariño
hacia el color morado.
Cuando mis padres pudieron
darme la satisfacción de hacerme una túnica de nazareno para salir en
las procesiones, lo iba a hacer en la primera de las marrajas, la de la
Piedad, el lunes santo. Una fiebre alta lo impidió con gran contrariedad
por mi parte que veía así rota la ilusión de participar en esas
procesiones que tanto admiraba y que me entusiasmaban desde que las ví
por primera vez.
Sin embargo, este
contratiempo permitió que el estreno como cofrade en la procesión se
produjera justo en la de la madrugada y además precisamente en la
Agrupación de N. P. Jesús Nazareno. Era presidente, Angel Pérez López,
Hermano Mayor, Antonio Ramos Carratalá y salíamos de Santa María camino
del Encuentro que tenía lugar en la esquina de la cafetería Puerto Rico.
Esa madrugada la mantengo
en el recuerdo por lo que para mí significó. En aquellos momentos esa
era toda mi preocupación por la Cofradía: poder salir en la procesión
sintiendo el orgullo de ser marrajo a pesar de tan corta edad. En la
actualidad es evidente que las preocupaciones son otras y muy distintas,
pero fue necesario que existiera aquella primera. Y es que la Semana
Santa primero nos entra por los sentidos: nuestras procesiones nos
tienen que atraer, ilusionar y entusiasmar.
Y después de este prólogo, vayamos al pregón
Desde el siglo XIII en
adelante la teología, la mística, las devociones se centran más en Jesús
hombre (sin negar nunca la divinidad) que en Jesús Dios, lo que
permitirá la contemplación de toda la vida humana de Jesús y, también y
más y más, durante los siglos XIV y XV, de su cruel y acerba Pasión y
Muerte.
“Su humanidad completa
igual y semejante a la nuestra en todo menos en el pecado”, decía San
Pablo. Su humanidad, por tanto, que nace, crece y se desarrolla, que
tiene necesidades que ha de satisfacer y que sufre, puede sufrir el
dolor y muere.
Este hecho será el que
permitirá que a partir de San Francisco de Asís (1182-1226) y su
influencia, y a lo largo de los siglos XIV y XV, se llegue a contemplar
y a estudiar la Pasión y Muerte acerba, dolorosísima de Jesús por todas
las escuelas religiosas y místicas: franciscanos, agustinos, dominicos,
etc. No es extraño que dentro de este contexto en los siglos XIV y XV
mencionados, pudieran formarse asociaciones que se dedicasen
exclusivamente a la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesús.
El siglo XVI es el de la
explosión de cofradías de Semana Santa y entre ellas las de Jesús
Nazareno que en los dos siglos siguientes, XVII y XVIII toman un gran
auge y se funda un gran número de ellas. En sus orígenes procesionaban
en la madrugada del Viernes Santo procediéndose al encuentro entre las
imágenes del Nazareno y de María, su madre, con otros acontecimientos
ocurridos en la calle de la Amargura.
La Cofradía Marraja
podemos enmarcarla en esos orígenes, tanto por la fecha de su fundación,
que podría estar entre finales del siglo XVI y principios del XVII, como
por la procesión del Encuentro y por supuesto por su finalidad. Tal y
como se recoge en los cánones 4 y 5 de nuestros Estatutos somos una
asociación de fieles cristianos laicos que se propone promover y
coordinar la acción benéfica de sus cofrades, la adoración a su Divino
Titular y devoción a su santísima Madre mediante actos de formación
religiosa, litúrgicos y culto público de significación penitencial y
testimonio religioso, orientándoles a una vida más sacramental y
eucarística y urgiéndoles a la acción evangelizadora de la nueva
sociedad.
Los objetivos anteriores
que se pueden resumir en culto, formación y caridad, no pueden
entenderse como alternativas excluyentes: si nos limitáramos a los actos
de culto sin aprovechar en ellos los frutos del mensaje del Nazareno,
podría ser únicamente beatería; una simple formación en su doctrina sin
culto y sin su puesta en práctica sería cultura; incluso una acción
benéfica desligada del culto y del conocimiento de su doctrina, sería
altruísmo no cristianismo.
¿Estamos los marrajos
implicados como cofrades en conseguir esos objetivos y consiguientemente
en aumentar nuestra devoción a Jesús Nazareno?. Creo que disponemos de
lo necesario para conseguirlo: los actos de culto los tendremos la
próxima semana y durante todo el año; la exposición de sus enseñanzas se
nos hace frecuentemente y por lo que se refiere a la práctica de la
caridad, la Fundación Marraja es todo un exponente de ejercicio de
solidaridad con los necesitados.
Pero la respuesta a la
pregunta anterior, nos la tendremos que hacer cada uno para ver en qué
medida estamos comprometidos. No podemos basar nuestra devoción en la
belleza de esta imagen que tallara José Capuz, no podemos admirarla sólo
como una obra de arte. Debemos crecer en esa devoción practicando el
culto, la formación y la caridad en todas las oportunidades que nuestra
Cofradía nos ofrece.
Nos aprestamos a celebrar
una semana de cultos en honor de nuestro Titular. Desde el primer
momento que tuve conocimiento de este acto, lo he considerado como
pórtico de esa semana grande que el lunes empezamos los marrajos. Es una
semana desprovista de efemérides y es grande no por fiestas ni
acontecimientos parecidos sino porque se la dedicamos al Nazareno en
exclusiva.
Año tras año, y siempre en
la misma fecha, la tercera semana de Cuaresma, nos reunimos aquí junto a
EL a darle culto, a su mayor honra y gloria. Aquí estará una Cofradía y
una Agrupación que quiere para su Titular lo mejor, que es un privilegio
tenerlo y poderle tributar todos esos actos que cada año suponen un
reencuentro y una renovación de nuestro compromiso con sus enseñanzas.
No vendremos a ocuparnos de las procesiones, vendremos a darle gracias
por tantas y tantas atenciones que de El recibimos y también a pedirle,
¿cómo no le íbamos a pedir su ayuda? para nuestra Cofradía, nuestras
Agrupaciones, nuestros hermanos, nuestra familia, nuestros ancianos de
la casa Hogar Betania…
Debemos aprovechar esta
semana como preparación a la Semana Santa, un ejercicio totalmente
necesario si queremos que nuestras procesiones no se limiten a unos
simples desfiles repletos de vistosidad, marcialidad y riqueza sino que
esos desfiles formen parte de nuestro compromiso como cofrades. Esa maravilla única e irrepetible que es la Semana Santa de Cartagena, debe servir no sólo como recuerdo del hecho más importante de la humanidad ocurrido hace ya más de veinte siglos, sino que debe servir también para recordarnos que durante todo el año en nuestro mundo existe una enorme Semana de Pasión que a diario la tenemos ante nuestros ojos: millones de Cristos cargados con su cruz, la cruz del hambre, de la enfermedad, del paro, de la violencia, de la opresión, del racismo….
Así pues el lunes
tendremos la oportunidad de verle, por única vez al año, sin su cruz,
sin esa cruz que porta sobre sus hombros y que le identifica como Jesús
Nazareno. No la llevará porque precisamente nosotros, los marrajos,
recorreremos con ella las estaciones del Vía Crucis, recordando ese
pasaje de su Pasión que unas semanas después escenificaremos en la
procesión de la madrugada.
Es difícil saber lo que
cada uno de nosotros piensa mientras lleva la cruz en ese momento pero,
aparte de rezarle y de hacer ese acto de penitencia, será inevitable
pensar en lo dura que fue su muerte, lo que tuvo que sufrir antes de
morir; porque no escogió una muerte fácil y rápida (algo que todos
nosotros pedimos) sino larga y dura y además, después de sufrir toda
clase de vejaciones, suplicios y escarnios. Por si no fuera bastante,
tuvo que llevar su propia cruz por esa calle de la Amargura, una cruz
que pasaría a ser el símbolo de la redención de todos los cristianos,
una cruz que ya no es símbolo de muerte sino de esperanza.
Cuando le miramos y le
vemos sin la cruz, se nota ese vacío, parece que no es el mismo, que nos
está esperando a que terminemos porque aún hoy sigue dispuesto a sufrir
por los hombres.
A continuación, durante
los tres días siguientes, asistiremos al Triduo. Ya se empezará a notar
ese ambiente de preparación al Miserere tanto por el adorno del altar
como por el recordatorio que de sus enseñanzas se nos hace . Es
necesario conocer la Persona, la Vida y el Mensaje de Jesús.
No puede entenderse el
Miserere como un acto aislado, sino que el Triduo es precisamente una
preparación al acto penitencial para dar la oportunidad a nuestro
corazón de ponerse al servicio del mensaje del Nazareno y así poder
pedir perdón.
Y el viernes…, el viernes
será el Miserere, el acto más solemne de cuantos en su honor celebramos.
Una solemnidad que se nota nada más entrar a esta iglesia y ver cómo se
ha preparado el adorno de su imagen: durante casi toda la noche un grupo
de cofrades trabajará sin descanso para que en ese momento pueda
ofrecernos toda su serena belleza y podamos admirarle en ese conjunto
inigualable de luz y flor, cada año distinto y cada año capaz de
asombrar a cuantos lo contemplan.
Esa solemnidad también se
hace patente en la procesión de entrada. El estandarte de la Cofradía,
avanzando por el pasillo central, es solemne en sí mismo como lo es
también ver a los cientos de cofrades que le siguen.
El Miserere es solemne
además en las composiciones musicales que escuchamos. El Coro de
Peregrinos, de Tannhäuser de Wagner, en la procesión de entrada, hace a
ésta aún más solemne; allá donde quiera que esté un marrajo y oiga esta
partitura seguro que le vendrá siempre a la memoria el Miserere y ese
momento, cargado de emoción y de orgullo, avanzando, hachote en mano, a
su encuentro con Jesús Nazareno.
Y qué decir de la
solemnidad, belleza y dificultad de interpretación del Miserere de
Orlando di Lasso. Gracias a la Masa Coral Tomás Luis de Victoria y a sus
muchas horas de ensayo, podemos ofrecerle estas partituras realmente
bellas, solemnes y emotivas.
En la procesión de salida,
la marcha de Nuestro Padre Jesús pone la nota final con la que
terminamos el acto, quizás tarareándola en voz baja.
La solemnidad de igual
modo se nota en la homilía porque además se espera, se quiere incluso
adivinar a veces su contenido y es que hay para todos, aunque es posible
que más de uno crea que no va con él sino con el de al lado.
Es solemne porque no hay
nada que perturbe o distraiga la atención al Nazareno; el Miserere es
sólo eso, el Miserere.
Solemne también por ese
silencio sobrecogedor, a pesar de los cientos de cofrades que abarrotan
esta iglesia de Santo Domingo y de permanecer las puertas abiertas, un
silencio que invita al recogimiento y devoción.
Todo lo anterior:
procesión de entrada, música, homilía, silencio, lo hacen un acto único
que nos resulta emotivo y vibrante, un acto en el que los marrajos
sentimos el orgullo de serlo.
Pues bien, en este
Miserere, venimos a pedirle perdón, venimos a implorar su misericordia
con nosotros por todo aquello que durante la semana hayamos podido
comprobar que se aparta de sus enseñanzas. Algunas veces pensará que no
tenemos arreglo, que somos así, difíciles, rebeldes, cómodos, aunque
también sabemos que intenta corregirnos para que alcancemos esa
perfección que tanto nos gusta, que con tanto ahínco buscamos en el
desfile como signo distintivo de nuestra Cofradía, y que, en cambio,
olvidamos en otras cuestiones menos materiales pero más enriquecedoras.
En fin, el próximo viernes
será nuestra noche, aquí estaremos a vivir, un año más, esos momentos
solemnes que nos harán vibrar, que nos traerán recuerdos y que quedarán
en el recuerdo. Será una noche mágica donde la música, la luz y la flor
cobran su máxima belleza junto a Jesús Nazareno que desde el altar nos
impartirá a todos su misericordia infinita.
La aparición de la
presencia de nuestra juventud marraja en la semana de culto al Nazareno
es reciente. No podía faltar en esa semana la presencia de nuestros
jóvenes.
Y la Vigilia de Juventud
surge con aire de vida y lógicamente al haber vida nace también con
carácter de fiesta y de esperanza como es la vida de los jóvenes.
La fe en el Nazareno tiene
que ser haciéndolo presente hoy en nuestra vida y en nuestra historia,
no sólo como recuerdo de algo que fue, sino como algo que es. El
acontecimiento de Jesús de Nazaret tiene que despertar en nuestros
jóvenes alegría, ganas de luchar, esfuerzo en el trabajo, participación
en la familia, solidaridad, esperanza….
Por eso nuestra Vigilia
tiene que ser participativa, dando paso a la creatividad para
interpretar el Evangelio. Con ropaje al estilo de la expresión juvenil,
nos reunimos con el Nazareno y hacemos que la Palabra de Dios cobre un
lugar privilegiado en el corazón creyente de nuestra juventud.
Toda la cofradía debe
estar junto a nuestros jóvenes y compartir con ellos su experiencia, el
estilo de acercarse a Jesús, tratando de que todos vivamos unos actos
que hacen cofradía con la presencia de nuestros jóvenes que serán el
futuro de nuestra Semana Santa.
El último día de la
semana, el domingo, será un día de alegría y júbilo con esa Misa tan
peculiar, tan distinta a las demás por muchos motivos: lo temprano de su
celebración, la asistencia del tercio de Granaderos, el desfile a su
terminación, el ambiente entre los cofrades….Lo único que nos puede
entristecer es que se acabe esta semana; pero si hemos hecho algo más
que asistir, será motivo de satisfacción y esperanza y el inicio de una
nueva etapa con un reforzamiento del espíritu cofrade y del acatamiento
de nuestros corazones a la doctrina del Nazareno.
Jueves Santo. Movimiento
en la pescadería en torno al Jesús: pescadores, hermanos, portapasos,
devotos, todos a contemplar, acompañar, admirar, a nuestro Titular en
esas horas que transcurren con olor a mar y a pescado, en ese entorno
tan peculiar y tan marrajo donde estará hasta la madrugada, ese momento
en el que empezará su camino por la calle de la Amargura al encuentro
con su Madre. Esto hace que nuestra Cofradía viva este día como un
adelanto a ese Viernes Santo que estamos esperando todo el año para
honrarle, sacándole en procesión por las calles de Cartagena.
El desayuno, el tallaje de
los portapasos, el adorno floral del trono y tantas y tantas cosas,
hacen que su presencia allí sea motivo de alegría, propicie un encuentro
entre cofrades, llene en definitiva de ilusión y de esperanza a todos
aquellos que en El creen, que son sus devotos y que le acompañarán
también en esa procesión única e irrepetible que es la del Encuentro.
En Cartagena la madrugada
del Viernes Santo es la madrugada por antonomasia, es el por qué, fue
el inicio, es la tragedia, es la pasión, es la devoción, fue nuestro
origen y es y será ante todo la noche en la que recordamos que Jesús
quiso parecerse más al hombre y compartir junto a él y por su salvación
el sufrimiento y la muerte.
Cuando empieza la
procesión, el discurrir por la pescadería y sus proximidades hasta
llegar a la puerta que sólo se abre para el Nazareno, significa hacerlo
entre una muchedumbre que allí se congrega año tras año porque no quiere
perderse ese momento tan sublime, solemne, emotivo y sobrecogedor de la
salida de nuestro Titular.
La madrugada comienza en
la Pescadería para que no olvidemos jamás el origen de nuestra Cofradía,
origen ligado a unos humildes pescadores que hace siglos recorrían las
empinadas calles del barrio pesquero, convertido por la noche en calle
de la Amargura, portando en unas andas al Nazareno con la cruz a
cuestas, queriendo agradecer a Jesús la bonanza del año pesquero y el
regreso diario a puerto tras vencer la batalla cotidiana con la mar.
Procesión que no podía estar exenta de oración popular, sencilla pero
sincera, espontánea y sentida, aprendida en muchas ocasiones mar
adentro, como dicen los marinos:
Quién no sepa
rezar
que vaya por esos
mares
verá que pronto
aprende,
sin enseñárselo
nadie.
Humildad, gratitud y
oración, tres conceptos que impregnaron la madrugada en su origen.
Humildad, gratitud y oración, tres actitudes que tienen que presidir
hoy, no sólo la madrugada cartagenera, sino también nuestra vida como
personas, cofrades y cristianos durante todo el año.
¿Cómo viven esos momentos
los penitentes que, hachote en mano, empiezan su caminar penitencial
hacia el Encuentro para terminar en Santa María? ¿Cómo lo viven los
portapasos que tendrán el privilegio de poderlo llevar sobre sus
hombros?
Aunque la respuesta es
algo que corresponde a cada uno, no cabe duda que hay dos sentimientos
que les son inherentes. Uno de ellos es el penitencial porque nuestras
procesiones, tanto para los penitentes como para los portapasos, son un
sacrificio por el esfuerzo que están obligados a realizar. ¿Acaso no es
sacrificio a esas horas subir hacia el Pinacho y atravesar el paseo de
las Delicias y el puente Mompeán?. Otro es el orgullo y satisfacción de
acompañar al Nazareno al encuentro con su Madre, ofrecerle ese
sacrificio y aprovechar la procesión para rezarle y pedirle su
protección y ayuda. Seguro que desde ese trono donde todos podemos
verlo, escucha y atiende nuestras peticiones.
Y caminando y rezando, N.P.
Jesús ha llegado al Lago. Y asomada en una esquina le ve pasar María, su
Madre, la Madre. Madre e Hijo cruzan sus miradas y aceptan el plan del
Padre. El sacrificio del inocente para redimir al hombre. Y María sufre
pero calla; acepta consciente de que ya aceptó incondicionalmente el
plan de Dios cuando dijo al Arcángel: “hágase en mí según tu palabra”. Y
ello me hace pensar si aceptamos siempre los marrajos el plan de Dios, o
si sólo en la medida en la que el plan de Dios coincide con el nuestro,
lo aceptamos. María dio un sí incondicional ¿Y nosotros?.
Dios envió a su Hijo al
mundo y decidió que naciera en una familia; no podía ser de otra manera,
ya el Génesis lo refleja:
Creó,
pues, Dios al ser humano a imagen suya
A imagen
de Dios le creó,
Macho y
hembra los creó.
Por tanto es el
matrimonio, el germen de la familia, la imagen de Dios, por eso Jesús
tenía que hacerse hombre en una familia. Y esta reflexión nos lleva al
principio de este pregón cuando decíamos que la tradición de la Semana
Santa se transmite por la familia, de padres a hijos y de estos a sus
nietos y así de generación en generación.
Es la familia un pilar
básico de la Semana Santa. Cuando algo se vive con la intensidad con que
vivimos este acontecimiento, surge enseguida el deseo de comunicarlo a
los demás, sobre todo a los más próximos, a los más queridos. En la
familia se vive, se comenta, se participa en la Semana Santa. ¿Cuántas
opiniones, cuántas ideas habrán salido del debate familiar?
Desde las Cofradías
debemos reforzar este pilar propiciando en nuestros hogares valores como
el diálogo, la comunicación, el respeto, el perdón… que contribuyan a
cohesionar, fortalecer y unir a nuestras familias.
No podremos nunca
describir el Encuentro con la suficiente precisión como para que quién
no lo conozca pueda llegar a experimentar las sensaciones que sentimos
quienes tenemos la suerte de contemplarlo tan cerca. El Encuentro no
basta con describirlo; el Encuentro hay que vivirlo, hay que estar allí
para disfrutar de la belleza del momento, del fervor popular, de la
salve, de los aplausos, del calor del público que vibra y, en ocasiones,
llora de emoción. Esas sensaciones no se pueden tener de otra manera,
sólo estando en la plaza del Lago viendo el Encuentro se podrá decir que
se conoce y se vive la Semana Santa cartagenera.
Pero las emociones no
terminan con el Encuentro, seguimos viviéndolas hasta que le cantamos la
salve a la Virgen. Es el final de toda una madrugada, el cansancio
acumulado, los deseos de éxito y triunfo de la Cofradía Marraja
cumplidos con su procesión más emblemática y todo ello arropados de
nuevo con la muchedumbre que no quiere perderse ese momento sublime en
el que la Virgen entra de nuevo en Santa María.
Es un momento de explosión
de emociones, de sentimientos, de devociones, que justificaría por sí
sólo el esfuerzo que durante todo el año tenemos que hacer para que
puedan salir las procesiones. Terminaremos diciendo o pensando que ha
valido la pena. Ser marrajo tiene estas satisfacciones y hay que
aprovecharlas y disfrutarlas.
Pero esta madrugada que
nos emociona, que nos embelesa, que nos hace meditar, que nos
enfervoriza, en la que el Nazareno recorre, cruz a cuestas, las calles
de Cartagena, no puede acabar en Santa María con la recogida de la
procesión. Esta madrugada que nos hace sentirnos insignificantes ante la
magnitud del sacrificio que realizó, tiene que ser estímulo y modelo
para esa otra madrugada mucho menos popular, quizás menos emocionante,
pero sin embargo infinitamente más real y cercana que es el resto del
año.
Penitentes marrajos,
penitentes del Jesús, penitentes alineados dando escolta al Nazareno,
alumbrantes en las sombras de la noche, anunciantes del camino del
Calvario. Sabed que vuestra participación en la madrugada más
emblemática es algo más trascendente que formar parte de un cortejo
estéticamente bello. Sabed que vuestra participación preludiando el paso
del Nazareno os compromete con su persona durante todo el año. Así como
en la madrugada ilumináis las calles oscuras que el paso de la procesión
encuentra, durante esa otra madrugada de la vida adquirís el compromiso
de poner luz en tantas situaciones que se os presentarán: luz de
diálogo, luz de entendimiento, luz de comprensión, luz de perdón, luz de
solidaridad, luz de compromiso; porque sabed penitentes que esa es
vuestra misión: alumbrar el Reino de Dios.
Portapasos marrajos,
portapasos del Nazareno que con legítimo orgullo lleváis al Rey de Reyes
camino del trono más doloroso desde el que jamás haya reinado rey
alguno. Portapasos de Nuestro Padre Jesús que voluntariamente aceptáis
el sacrificio de soportar durante unas horas el peso del trono, en su
deambular por las calles de Cartagena, intentando aliviar en vuestro
cuerpo la carga de la Cruz que Él sostiene. Sabed que vuestro sacrifico
carece de sentido si sus efectos terminan con la llegada a Santa María.
Sabed que vuestro sacrificio es estéril si no os estimula a luchar por
aliviar el peso de tantas cruces que diariamente soportan esas otras
imágenes de Cristo, hechas no de madera sino de carne y hueso, que son
nuestros semejantes más desprotegidos. Sabed que haber portado al
Nazareno nos compromete a portar a esos otros nazarenos que la vida, a
diario, cruza en nuestro camino.
Para terminar, queridos
cofrades, ser marrajo no puede resultarnos sencillo. Aunque sabemos que
lo seremos durante toda la vida, para serlo plenamente deberemos
participar en los actos de culto que organiza nuestra Cofradía,
deberemos defender y proteger a la familia, deberemos preocuparnos de la
juventud, deberemos ser la luz que alumbre el Reino de Dios y deberemos
ser el hombro que ayude a los nazarenos que a diario se nos cruzan en
nuestro camino. Si lo hacemos así nuestras procesiones ganarán en
belleza, en credibilidad, en participación, en reflexión, en devoción y
en oración. Si lo hacemos así, estaremos construyendo una Cofradía sobre
unos cimientos auténticamente cristianos; si lo hacemos así estaremos
edificando la Cofradía Marraja para la eternidad. Muchas gracias |
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© AGRUPACIÓN DE NTRO. PADRE JESÚS NAZARENO - Calle Jara nº 25, CP. 30205 CARTAGENA - correo@elnazarenodecartagena.com |
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